El continente europeo se ha considerado desde siempre la cuna del movimiento musical universal, donde los grandes genios clásicos, modernos y contemporáneos, definen la ruta del esplendor del arte para el resto del mundo. Es así como la terminología, el estilo, las pautas de interpretación y de dirección, los criterios técnicos, los argumentos críticos y conclusiones, van siempre en correspondencia por lo desarrollado en el continente “madre” de la cultura musical.
Los compositores europeos, esos grandes maestros, establecen los patrones de composición y arreglos, las obras aceptadas y las raíces de proveniencia de esas obras, las cuales, no siempre surgen del seno del continente, sino que (particularmente en los últimos 150 años) han emanado migratoriamente del resto de la humanidad considerada como una especie de “provincia musical mundial”, mediante un proceso que está bien explicado en Acosta (2006).
En el caso particular de América del Sur, el gran desarrollo musical (específicamente para orquestas y coros, porque nuestras bandas y grupos folclóricos siempre han sido de altísimo nivel) que Europa ha aceptado desde la segunda mitad del siglo XX, ha traído de vuelta a nuestra tierra las raíces autóctonas orquestadas y arregladas en Europa, para nuestra ejecución e interpretación.
Esto trae a la mesa de análisis ciertas respuestas y acciones de nuestros músicos, que valdría la pena destacar. En primer lugar, el sentir y accionar de un director al tratar de respetar lo establecido en la partitura por el arreglista, su comparación ineludible con la fuente original que proviene de su idiosincrasia americana, y la decisión que debe tomar para cumplir con ambas condiciones; aunque en ocasiones, estén muy alejadas como para realizar un matrimonio en la obra. El maestro latinoamericano en muchos casos, ha estado más ligado a Europa que a Nuestraamérica, debido a que su formación ha transcurrido allá o en Estados Unidos; por lo cual, puede iniciar un proceso investigativo sobre el origen de la “raíz musical” o simplemente ajustarse a los parámetros extrangeros.
En segundo lugar, nuestros compositores (tan talentosos pero no tan famosos en su mayoría) realizan arreglos y creaciones de magistrales obras con raíz y sazón local, confrontando ellos mismos el dilema de no falsear la esencia musical propia, satisfaciendo los patrones aceptados por el continente madre. Para este caso, parece lograrse un mayor acercamiento a nuestra idiosincrasia musical, pero no se suprime el paso aprobatorio o reprobatorio de la alcabala intermediaria europea.
En tercer lugar, podría resultar extraño y difícil darles cabida a manifestaciones involucradas a la música. Es importante el compromiso que existe entre la música y el baile en nuestro continente. El baile no pasa por Europa y se han hecho avances -tímidos- para incorporarlos en estas obras; sin embargo, en ocasiones el paso de los temas por aquel continente ha hecho incompatible el tempo de baile a su regreso al sitio de origen.
La presencia intermediaria de Europa, no deja de tener (lamentablemente) un sabor a sustracción de nuevos (para ellos) recursos y conceptos, para “innovar” en tendencias que permitan mantener un mercado, con clientes que no se aburran. En el globalizador efecto musical, nosotros mismos somos esos clientes, comprando música y tendencias recicladas e industrializadas a partir de nuestra materia prima: la gran realidad económica latinoamericana a cambiar en todos los aspectos.
Es delicado para el futuro cultural de nuestro continente, observar y presenciar como discutimos y criticamos la manera de actuar de nuestros directores, maestros, músicos, cantantes, comparándolos con los patrones foráneos para establecer su aceptación o no, sin ahondar en un trasfondo esencial del asunto desde una óptica crítica, regañándonos a nosotros mismos por no actuar como exige otra realidad que no es la nuestra.
Nuestra música, nuestro baile y nuestro arte son el crisol de la humanidad, y nadie establecerá sus avances y retrasos más que nosotros mismos. El giro que realiza nuestra actitud en este sentido se corresponde con el hecho de ser responsables de nuestras acciones. Estamos llamados a aprovechar de Europa todo su esplendor, pero también a realizar el ejercicio fenomenológico que nos traiga a nuestras esencias del sentir, desde donde surge nuestra música, nuestra alma, nuestro amor: Nuestra América.
Los compositores europeos, esos grandes maestros, establecen los patrones de composición y arreglos, las obras aceptadas y las raíces de proveniencia de esas obras, las cuales, no siempre surgen del seno del continente, sino que (particularmente en los últimos 150 años) han emanado migratoriamente del resto de la humanidad considerada como una especie de “provincia musical mundial”, mediante un proceso que está bien explicado en Acosta (2006).
En el caso particular de América del Sur, el gran desarrollo musical (específicamente para orquestas y coros, porque nuestras bandas y grupos folclóricos siempre han sido de altísimo nivel) que Europa ha aceptado desde la segunda mitad del siglo XX, ha traído de vuelta a nuestra tierra las raíces autóctonas orquestadas y arregladas en Europa, para nuestra ejecución e interpretación.
Esto trae a la mesa de análisis ciertas respuestas y acciones de nuestros músicos, que valdría la pena destacar. En primer lugar, el sentir y accionar de un director al tratar de respetar lo establecido en la partitura por el arreglista, su comparación ineludible con la fuente original que proviene de su idiosincrasia americana, y la decisión que debe tomar para cumplir con ambas condiciones; aunque en ocasiones, estén muy alejadas como para realizar un matrimonio en la obra. El maestro latinoamericano en muchos casos, ha estado más ligado a Europa que a Nuestraamérica, debido a que su formación ha transcurrido allá o en Estados Unidos; por lo cual, puede iniciar un proceso investigativo sobre el origen de la “raíz musical” o simplemente ajustarse a los parámetros extrangeros.
En segundo lugar, nuestros compositores (tan talentosos pero no tan famosos en su mayoría) realizan arreglos y creaciones de magistrales obras con raíz y sazón local, confrontando ellos mismos el dilema de no falsear la esencia musical propia, satisfaciendo los patrones aceptados por el continente madre. Para este caso, parece lograrse un mayor acercamiento a nuestra idiosincrasia musical, pero no se suprime el paso aprobatorio o reprobatorio de la alcabala intermediaria europea.
En tercer lugar, podría resultar extraño y difícil darles cabida a manifestaciones involucradas a la música. Es importante el compromiso que existe entre la música y el baile en nuestro continente. El baile no pasa por Europa y se han hecho avances -tímidos- para incorporarlos en estas obras; sin embargo, en ocasiones el paso de los temas por aquel continente ha hecho incompatible el tempo de baile a su regreso al sitio de origen.
La presencia intermediaria de Europa, no deja de tener (lamentablemente) un sabor a sustracción de nuevos (para ellos) recursos y conceptos, para “innovar” en tendencias que permitan mantener un mercado, con clientes que no se aburran. En el globalizador efecto musical, nosotros mismos somos esos clientes, comprando música y tendencias recicladas e industrializadas a partir de nuestra materia prima: la gran realidad económica latinoamericana a cambiar en todos los aspectos.
Es delicado para el futuro cultural de nuestro continente, observar y presenciar como discutimos y criticamos la manera de actuar de nuestros directores, maestros, músicos, cantantes, comparándolos con los patrones foráneos para establecer su aceptación o no, sin ahondar en un trasfondo esencial del asunto desde una óptica crítica, regañándonos a nosotros mismos por no actuar como exige otra realidad que no es la nuestra.
Nuestra música, nuestro baile y nuestro arte son el crisol de la humanidad, y nadie establecerá sus avances y retrasos más que nosotros mismos. El giro que realiza nuestra actitud en este sentido se corresponde con el hecho de ser responsables de nuestras acciones. Estamos llamados a aprovechar de Europa todo su esplendor, pero también a realizar el ejercicio fenomenológico que nos traiga a nuestras esencias del sentir, desde donde surge nuestra música, nuestra alma, nuestro amor: Nuestra América.
Referencia:
Acosta, Leonardo; (2006). Música y descolonización. Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana.
Engel Salazar Aguirre
21 de marzo de 2010.
